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Cuando Roque Dalton salió de La Habana...
Miguel Huezo Mixco
Columnista de LA PRENSA GRÁFICA
mhuezo@laprensa.com.sv

 

 
 
Comenzaré por contradecir lo que siempre se ha dicho. Roque Dalton no renunció a la prestigiosa revista Casa de las Américas como consecuencia de su decisión de integrarse a la naciente guerrilla salvadoreña. Lo que ahora sabemos sobre aquel suceso, y que aquí expondré de manera sucinta, está llamado a despejar ese episodio clave de su vida y cambiar la romántica visión que se suele tener de la relación de Dalton con Cuba.

El 20 de julio de 1970, Roberto Fernández Retamar, director de la mencionada revista, recibe una carta firmada por Dalton en donde le comunica su decisión de separarse de la más prestigiosa institución cultural de la revolución. Aquella carta, desde su publicación por los cubanos años después del asesinato de Dalton, ha sido rodeada con un halo romántico. La despedida del buen amigo que se marcha a la guerra ha formado parte de la leyenda. En “El ciervo perseguido”, la recién publicada biografía de Dalton, también Luis Alvarenga tropieza con esa misma piedra.

El trasfondo de aquella carta ahora está iluminado por la existencia de una segunda carta, que ha permanecido inédita, que fue enviada a las autoridades cubanas el 7 de agosto de ese mismo año. Allí, Dalton expone los motivos que lo llevaron a renunciar y se defiende de los rumores que circulaban sobre su “traición” a Cuba.

Su relación con Casa de las Américas comenzó en 1962. La luna de miel terminaría a mediados de 1970, durante la celebración del Premio Casa de las Américas. Algunos de los jurados internacionales, entre los que se encontraba el poeta Ernesto Cardenal, solicitaron que las autoridades cubanas les dejaran tomar contacto directo con la realidad del país. Dalton estuvo más cerca de esta posición, provocando irritación en los jefes de Casa.

La mecha se encendió durante un almuerzo donde estuvo presente un trío que ha hecho historia: los poetas Mario Benedetti, Ernesto Cardenal y Roque Dalton. Cardenal lanzó fuego graneado sobre Benedetti pidiéndole explicaciones, formulando críticas y reclamando que por fin se le dejara hablar con campesinos. Dalton habría apoyado al nicaragüense.

Advertido por Benedetti, Fernández Retamar riñó a Dalton. Entre dos rones, Dalton lo insultó. Su destino en la más respetada institución cultural cubana estaba sellado. Dalton presentó su renuncia. Tampoco nadie le pidió que se quedara. Su nombre fue borrado de inmediato de la lista del Consejo. Algunos pusieron en duda su calidad de “revolucionario”. Entonces, se decidió a escribir esa nueva carta donde expone, en diecisiete folios a máquina, los pormenores de aquellos amargos días. “Renuncié porque se me dijo que no siguiera metiéndome en asuntos que no eran de mi incumbencia”, insiste.

En uno de sus poemas, pringados de sentencias, hay una que dice: “La política se hace jugándose la vida/ o no se habla de ella”. Dalton no parecía dispuesto a que el recuerdo de ese verso se convirtiera en una voz burlona. Buscó incorporarse a la guerrilla guatemalteca, y a la nicaragüense, sin éxito.

Cayetano Carpio también le hizo el feo. Un día, La Habana le facilitó un contacto con un tipo que –según lo recuerda Eduardo Sancho– tenía la “pinta de un revolucionario de almanaque”. Era Alejandro Rivas Mira. Bajo las órdenes de este comandante, Dalton regresó a la soleada caverna salvadoreña la víspera de la Navidad del año 1973. El resto de la historia ya es bastante conocido.