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REPORTAJE

El mito de la Taberna

Luis Alvarenga
cartas@elfaro.net


Roque Dalton sigue provocando pasiones en El Salvador. Lo prueba la impresionante cantidad de artículos, columnas, entrevistas, etcétera, que se ha dado a la publicidad en las últimas semanas. En medio de esa nueva oleada de interés por el poeta se sitúa mi libro El ciervo perseguido, que propone un esbozo biográfico sobre Dalton. Creo que es hora de comentar algunas opiniones emitidas en todo ese conjunto de discursos acerca del poeta.

No puedo menos que empezar aludiendo a la opinión de algunos comentaristas sobre mi trabajo. Se me acusa de perpetuar el mito daltoniano. Mal que les pese a muchos, no estoy aquí para desmentir esa acusación, sino para confirmarla. El mito de la Taberna, como podríamos llamarle, «goza de buena salud». Y prueba de ello es el interés que comentábamos al principio.

La aversión hacia los mitos es una característica acendrada en la cultura occidental, y esto es tan antiguo como Platón. La Modernidad exaltó el totalitarismo de la Razón, bajo el argumento de que solamente la Razón era capaz de llegar a la Verdad. Así, mito y poesía quedaron en los márgenes. Su presencia disolvente, sus ambigüedades, atentaban contra la Razón. Se olvidaba que tanto el mito como el poema tenían algo en común con la Razón: eran discursos sobre la realidad, es decir, eran maneras de aproximarse a la realidad, de buscarla, de perderla, de aludirla, de evitarla. Se olvidaba también que el mito obedecía a la sed humana de interrogarse sobre sus orígenes y de ensayar una explicación provisoria, humilde, sin las grandes certidumbres de la ciencia. De materia humilde y fugaz era el mito, al igual que la poesía.

Y sin embargo, el mito se colaba en el imperio de la Razón. Más bien, la Razón creaba sus propios mitos a pesar suyo: la fe en el progreso, la fe en la ciencia, todas esas cosas que se suponía iban a redimir a las personas. La Razón humana tomaba el trono que los dioses del panteón mítico habían abandonado al desertar hacia los márgenes de la vida. Pero los mitos de la Razón eran peligrosos: escondían la semilla de nuevos absolutismos y perfeccionaban la historia sacrificial, el sacrificio del ser humano en los altares del progreso, de la razón, etc., de la cual nos advirtió María Zambrano.

Por eso, la acusación de que mi libro sigue avivando el mito de Dalton me suena a halago. Quizá esa fue una de las pasiones que alimentó su escritura. El mito de la Taberna es el mito del poeta que ansía fundir poema y vida, cultivando sus contradicciones y exaltando la multiplicidad de sus rostros. Me extraña que uno de los ex compañeros de lucha de Roque, precisamente el dirigente de una organización que reivindicó al poeta casi al nivel de estandarte político, critique el que de Dalton se hagan «mitos y mitotes». Para mi sorpresa, me doy cuenta de que mitote no es en absoluto el aumentativo de mito, sino que es una palabra de origen nahuatl, que significa, literalmente, bailarín, y que más bien alude a «cierta danza indígena, en la que sus integrantes, asidos de las manos, formaban un gran corro, en medio del cual ponían una bandera, y junto a ella una vasija con bebida, de la que, mientras hacían sus mudanzas al son de un tamboril, bebían hasta que se embriagaban». Hombre, si hacemos de Dalton una fiesta —si es sin banderas, mejor—, digna de hacernos danzar y embriagarnos, al son de la música de sus versos, creo que le haríamos un homenaje que el poeta recibiría con mayor gratitud que todos los libros, alegatos y condecoraciones postmortem que le hemos hecho. También es sabido que mitote quiere decir pleito, disturbio. Es válido: Roque sigue siendo perturbador y subversivo. Es parte del mito de la Taberna.

Hecha esta digresión, quedamos en que el mito tiene esa aura de penumbra, propia de la poesía, y que nos comunica con otra manera de saber las cosas. Para mi descontento, no veo que esto se encuentre a las bases de los señalamientos mencionados. Más bien, se me acusa de mitificar a Roque por abordarlo, entre otras cosas, como hombre político. Me parece imposible hacer una labor elemental de ponderación de la figura daltoniana si evitamos, como quien evita una enfermedad que nos cubrirá de vergüenza, abordar el tema de sus preocupaciones políticas. Algunos sólo admiten que se hable de las ideas políticas de Dalton sólo para atacarlas. A eso le llaman desmitificar a Roque. Crasa desmitificación, porque de entrada establece cotos vedados y zonas de visita, como si se tratara de un parque de animales salvajes, en el cual uno puede ver a los leones siempre y cuando sea a bordo del autobús, y con un amable guía que recuerda a la concurrencia los hábitos alimenticios de estos simpáticos animales. (También hay zonas de recreo: en el caso de Dalton sería reducirlo a los episodios simpáticos o morbosos de borracheras y líos de faldas). Al definir a priori, de una vez y para siempre, qué es lo que se puede leer de Roque y cómo se debe leer, se continúa con la demonización del poeta. El Roque político quedaría fuera de toda consideración. Pero, ¿cómo se puede entender a Roque sin un aspecto que aparece como central en él?

No considero haber escrito la última palabra sobre Roque, y creo haberlo dejado suficientemente en claro en el prólogo de mi libro. Me llama la atención que algunos pretendan hacerlo en nombre de la verdad histórica. No me refiero, por supuesto, a la legítima demanda de la familia Dalton Cañas, de exigir el total esclarecimiento de los hechos que culminaron con el asesinato del poeta, cosa que estimo tan necesaria para El Salvador como la clarificación de las circunstancias en que miles de personas desaparecieron durante los años de la guerra. Me refiero, más bien, a las explicaciones que se están barajando en estas semanas. Los discursos han variado con el tiempo. De una aceptación y justificación de los hechos, se ha pasado en matizarlos con la excusa de los famosos «errores de juventud». Se pretende racionalizar y hasta legalizar algo que fue una ejecución simple y llana con el argumento del «juicio», aunque hay que recordar que antes no se hablaba de tal proceso judicial, sino de una decisión colectiva de las instancias de dirección de la organización en que militaba Roque. Entre un juicio y una decisión vertical hay una gran distancia, aunque el resultado sea el mismo. Hablar de juicio es admitir una truculencia mayor que la de una simple decisión vertical, truculencia comparable a los Procesos de Moscú, donde el recurso de «juzgar» a individuos non-gratos para Stalin racionalizaba las ejecuciones.

Y ya que hablamos del viejo Josef Dzugazhvili, tengo la impresión que muchas veces se busca exaltar el fantasma del estalinismo criollo, con fines nada diáfanos. Es cierto que la antigua guerrilla cometió atrocidades, eso no hay quien pueda negarlo. El problema es manejar el tema de la ejecución de Dalton, sin que se aporten datos esclarecedores (ya sabemos lo fundamental: quiénes decidieron matarlo) y exacerbarlo al máximo como para que todo el mundo sepa que la izquierda es siempre cruel. El peligro es que se puede llegar a olvidar que Roque no fue víctima tan sólo de las atrocidades de un grupo izquierdista, sino que también fue perseguido político y que sobre su cabeza pendía una sentencia de muerte, no de la izquierda, sino de la dictadura militar que padeció este país. Pero, claro, al utilizar el tema de su ejecución fuera de contexto, muy fácilmente se puede arribar a la conclusión de que cualquier proyecto de izquierda está deslegitimado. No hay que olvidar que la derecha sonriente de ahora sigue cantándole, talvez con menos volumen, al exterminio de los rojos.

Por eso me parece necesario abordar a Roque Dalton en toda su complejidad, sin descartar ningún aspecto de su vida y de su obra. No me parece que éstas sean el paradigma de nada: simplemente creo que hay que rescatar su talante cuestionador —que lo hizo «el más apto para ser odiado», por izquierdizantes y por militares: por los conservadores de todo pelaje— y quedarnos con sus preguntas, más que con sus respuestas.