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La muerte de un poeta (VI)

          Geovani Galeas

          geovanigaleas@hotmail.com

 

 

          A finales de 1982 en Quinta Caldera, una casa de seguridad ubicada en el kilómetro 14 de la carretera sur de Managua, Cayetano Carpio me dijo lo siguiente: “Los del ERP no son ni nunca fueron auténticos revolucionarios, son la social democracia más el fusil... y terminarán traicionando la revolución”.

A principios de los setentas, Roque Dalton, como la mayoría de los insurgentes de su generación, estaba convencido de que la revolución latinoamericana necesitaba de un sólo plan estratégico y de un mando único y centralizado cuya encarnación indiscutible correspondía a Fidel Castro. Fidel pensaba exactamente lo mismo. Pero algunos comandantillos locales no lo creían: Douglas Bravo en Venezuela, por ejemplo, o Jaime Bateman en Colombia o Rodrigo Asturias en Guatemala..

          En Cuba se hacían esfuerzos para meterlos en cintura, alineándolos por las buenas o anulándolos por las malas. Dalton trabajó arduamente en la primera opción vía debate ideológico. Y en el momento en que el comandante en jefe se decantaba por el Kremlin en la famosa polémica internacional chino-soviética, Alejandro Rivas Mira, fundador y jefe del ERP salvadoreño, firmaba sus primeras acciones guerrilleras con la consigna maoísta “El poder nace del fusil”, en claro desacato a “nuestro señor que está en la Habana”.

          Rivas Mira, formado políticamente en Europa al calor de la rebeldía de 1968, condenaba la invasión rusa a Praga mientras Castro la aplaudía y Dalton guardaba un ominoso silencio. Además, si Castro y Dalton recetaban para el sub continente largas guerras de liberación, Rivas Mira se planteaba resolver el problema a muy corto plazo mediante un golpe de Estado. Si aquellos tenían como meta la dictadura del proletariado, éste sólo se planteaba la plena vigencia constitucional en un marco democrático.

          Pero Rivas Mira no era un jefe de principios sino de intereses, un pragmático que hizo escuela (¿no, Villalobos?). Necesitaba reconocimiento internacional, entrenamiento y armas para su grupo, y si los chinos se los daban él era maoísta. Pero si se los daban los cubanos él, sin declararse fidelista, al menos podía aceptar que un hombre de confianza de Castro, Roque Dalton, lo asesorara políticamente, pero sólo eso: cero mando militar para el flamante asesor.

          Fue en esas turbias condiciones que Dalton ingresó al ERP. Pero el poeta no era un hombre de prudentes silencios tácticos tan propios de la clandestinidad. El era un inveterado discutidor, curtido en innumerables  maratones retóricos madrugueros, alcohólicos y humeantes de cafetín y taberna. Era, en suma, un poeta brillante, un ideólogo lúcido, no un clásico conspirador de puñal bajo el poncho. Sólo que el ERP no era precisamente un cafetín ni mucho menos una taberna.

          A su juicio, el plan putchista de Rivas Mira era un disparate, una aberración superable en el debate ideológico. Pero ese plan no era exclusivamente de Rivas Mira sino también de sus más osados lugartenientes: Rafael Arce Zablah, Humberto Rogel y Joaquín Villalobos, jóvenes endurecidos en el combate  y cuyo argumento principal era la pistola.

          Pero he aquí que el poeta no estaba solo. En el núcleo inicial del ERP también había un grupo de versificadores más que dispuestos a escucharlo: Fermán Cienfuegos, Lil Milagro Ramírez y Alfonso Hernández entre otros. Había que separar el trigo de la paja. Esa era la misión de Dalton. (Continuará).