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Universo crítico
La muerte de un poeta (IX)
Geovani Galeas
geovanigaleas@hotmail.com

Colaborador de LA PRENSA GRÁFICA
 
 
 
Esa bellísima morena de 22 años, que hasta hace un par de meses estudiaba matemáticas en la Universidad Nacional, ni es una chica frágil ni se llama Mariana. En su cartera siempre hay una pistola y, si es el caso, también puede habérselas con explosivos o con una pieza de artillería. Pero aunque conoce a perfección las técnicas del combate irregular, su verdadera especialidad son los métodos conspirativos: chequeo, contra chequeo, embute, pase y ciframiento. Es una artista del silencio, una virtuosa del secreto.

En el ERP la compartimentación (callar al precio de tu vida lo que sabes y sólo saber lo estrictamente necesario) era una regla cuya ruptura era inconcebible. Por eso ninguno de sus compañeros tenía que saber que su nombre real era Ana Sonia Medina, ni que se había especializado en La Habana, ni que allá se había alojado en casa del famoso poeta Roque Dalton que, según decían, se encontraba en viaje por Vietnam. Nadie podía saber que allá se había encariñado con la mascota de los Dalton, un perrito llamado Ringo.

La otra regla inviolable era la lealtad y el respeto a la jefatura. Y esa jefatura tenía un nombre: Alejandro Rivas Mira. Por eso se desconcertó cuando “Julio”, un compañero cuarentón recién enrolado en la guerrilla, comenzó a preguntarle por los Dalton, por la casa habanera y hasta por las gracias de Ringo.

Y más todavía cuando lo escuchó despotricar abiertamente contra Rivas Mira y le dijo, sin que ella se lo pidiera, que él era Roque, el poeta.

Pero “Julio” era el hombre más culto, alegre y simpático que había conocido, un tipo querible a más no poder. Además, era el compañero sentimental de Lil Milagro, una dirigente por quien ella sentía un cariño especial. Preocupada por la situación, Mariana habló con su responsable, que en ese tiempo se hacía llamar “Chon”, y que no era otro que Joaquín Villalobos. “Esto es grave”, dijo Mariana, “aquí se puede armar un gran problema”.

Villalobos no lo dudaba. Sabía también que “Julio” se echaba sus tragos y que había descompartimentado su identidad con otros compañeros a los que, entre otras cosas, les había comentado que él había realizado trabajos especiales para los organismos cubanos de seguridad. Rivas Mira no tardó mucho en saberlo y comenzó a amarrar navajas.

Sabía que contaba con la lealtad del grupo comandado por Villalobos y Rafael Arce Zablah (los políticos combatientes), y del grupo de Vladimir Rogel y Jorge Meléndez (los combatientes puros y duros), pero también sabía que Dalton había ganado ascendiente entre los poetas combatientes liderados por Lil Milagro, Fermán Cienfuegos y Alfonso Hernández.

En ese momento el ERP estaba envuelto en una doble y compleja discusión que implicaba la vía hacia el poder y la relación entre masas, partido y ejército revolucionario. Para complicar más el cuadro, la posibilidad de asociarse a un sector del ejército nacional, con el objeto de perpetrar un golpe de Estado, puso a las fuerzas guerrilleras en estado de máxima alerta, lo que obligó a la militarización de todas las estructuras. Ese sería el escenario en que se libraría la disputa final entre el poeta y el comandante, y que daría lugar al más trágico de los desenlaces. (Continuará.)