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[Universo Crítico]

La muerte de un poeta

(II)

Geovani Galeas
Colaborador de LA PRENSA GRÁFICA
geovanigaleas@hotmail.com

Hacia 1967, Dalton se encuentra en Praga con su entrañable amigo, el poeta guatemalteco Otto René Castillo; y deslumbra con su erudición marxista al joven filósofo francés Regis Debray. Pero Otto René parte a la guerrilla de su país y Debray marcha con el Che Guevara a la selva boliviana.

El salvadoreño, en cambio, sin heroísmo alguno, recibe una tremenda golpiza en un lío de faldas entre borrachos, y es retratado de una manera poco edificante por el escritor español José Agustín Goytisolo: “Dalton es un poeta disparatado, medio niño burlón y medio guerrillero, un extraordinario conversador y, a decir de las mujeres, gran hombre para la cama (...) y con una gran capacidad de imponerse al alcohol a base de ingerirlo en grandes cantidades”.

Aunque, tragos y faldas aparte, trabajaba simultáneamente en cinco libros de poemas, una novela, una biografía de Miguel Mármol y un extenso ensayo sobre la lucha armada en América Latina, ya no podía más con su imagen de palabrero genial y eterno evadido de la cárcel.

Muchos de sus amigos se sumaban a las guerrillas que comenzaban a proliferar en América Latina, y aunque él se dice a sí mismo que allí también cumple una tarea importante, una pregunta le incendiaba las noches: “¿De qué me escapé yo? ¿De la cárcel del enemigo tan sólo?” Y apunta: “País mío vení/ papaíto país a solas con tu sol/ todo el frío del mundo me ha tocado a mí/ y tú sudando amor amor amor”.

Rompe con los comunistas salvadoreños, que se negaban a tomar las armas, y viaja a La Habana, donde en 1968 declara: “Ya no se trata de fabricarnos coartadas con nuestras cárceles, sudores, cicatrices –y este era el miedo que Regis Debray tenía cuando me miraba beber tanta cerveza en Praga– sino de dar todos un paso hacia adelante”.

El proyecto de incendiar América Latina (“Un, dos, tres Vietnam”), concebido por Fidel Castro y por el Che Guevara, había ya entrado en crisis con la caída del argentino.

Decidido a insuflarle nueva vida a ese proyecto, Dalton se convirtió en uno de sus principales operadores y escribió uno de los documentos capitales del debate político, ideológico y militar de la izquierda latinoamericana en ese momento: ¿Revolución en la Revolución? Y la crítica de derecha, escrito, advierte, “pensando en la ‘operación Che’, inicio proyectado de los Vietanms latinoamericanos”.

Para entonces, Dalton ya no sólo era una de las estrellas de la literatura comprometida de América Latina, sino también un reconocido especialista, teórico al menos, en las experiencias guerrilleras de Vietnam, Corea y los movimientos africanos de liberación nacional. Pero sobre todo, uno de los más respetados ideólogos del proyecto insurgente latinoamericano en su conjunto.

Había sido un poeta que cantaba a la revolución, ahora era un intelectual que la pensaba. Pero aspiraba a más: convertirse en el combatiente que la realizaría. La pluma cedía el lugar al fusil.

En efecto, su “paso adelante” consistió en incorporarse a la guerrilla salvadoreña, concretamente al Ejército Revolucionario del Pueblo: no a la luz fraterna y liberadora que tanto había anhelado, sino a la catacumba en que su asesino lo esperaba emboscado entre las sombras turbias del sectarismo y la traición.