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[Universo crítico]

La muerte de un poeta (I)

*Geovani Galeas
Colaborador de LA PRENSA GRÁFICA
geovanigaleas@hotmail.com

En 1964, Roque Dalton, hijo de un millonario norteamericano y de una humilde enfermera salvadoreña, precoz enemigo de la dictadura, militante comunista, abogado infieri y poeta laureado, sale otra vez de la cárcel y va otra vez al exilio, a Cuba.

Allá conferencias, recitales, ron, instrucción militar, mulaticas preciosas, roce con la crema de la intelectualidad latinoamericana y piano y boleros en casa del famoso chansonnier internacional Bola de Nieve, ya su amigo del alma.

Pero en medio de tanta maravilla no deja de pensar en el paisito, donde el régimen militar amaga una apertura democrática. Y regresa en clandestinidad, cruzando de noche la frontera por un punto ciego. Pero el partido comunista ha tomado en serio la apertura y ha desmantelado su aparato clandestino.

Al poeta se le ordena ganar la legalidad. Pero él –“siempre pensando en encontrar un bar,/ en donde si quitáramos las mesas,/ quepan la madrugada y tú junto a mis ojos”–, sucumbe a la tentación de un trago ahí por la Praviana. Total, sin clandestinidad ni anhelados combates heroicos en el horizonte, qué más da un pecadillo disciplinario. Y a media cerveza viene a pescarlo de nuevo la policía.

El frío de octubre, la gripe que no cesa, la falta de cloropramicina y la soledad de la cárcel es lo de menos. El problema es qué dirán los dirigentes obreros cuando sepan que lo capturaron en un bar.

Ellos, que entre cárcel y huelga se esfuerzan por deletrear los manuales del camarada Nikitín, y a él lo miran de reojo porque va de Althusser a Michaux y de Gramsci a Saint-John Perse. “Comunistas sulfurados de mi país, ingenuos, duros tipos”, se queja Dalton.

Un agente de la CIA se presenta en su celda. Luego de varios interrogatorios estériles el norteamericano advierte: “Diremos que antes de morir trataste de salvar el pellejo y delataste a tus camaradas. No vas a quedar como un héroe para la historia, sino como un traidor”. Y agrega: “Bien sabes que para los dirigentes obreros no eres más que un hijo de puta pequeño burgués, un intelectual rémora, un mierda”.

Te tocaron la vanidad, y eso duele, poeta. Con el alma temblorosa piensas, sin embargo: “Por mí que me descabecen. Al fin y al cabo he caído en manos de esta gente por indisciplinado y bebedor de cerveza”.

Justo entonces un sismo derrumba las paredes de la cárcel, y el poeta famosamente escapa al alba entre los escombros y las garras del enemigo imperialista. De nuevo el exilio.

Se instala en Praga, en calidad de burócrata del comunismo internacional, en una suntuosa oficina a las orillas del Moldava.

Allá, hacia 1965-67, todo parece una eterna primavera con poemas y melocotones, cerveza a cántaros, caviar, elevada hermenéutica marxista y suculentas muchachas rubias que nunca dicen que no.

Ha engordado quince libras y, según anota, “tengo una flotilla de autos y choferes al alcance del teléfono; viajes continuos a Francia, Austria, Cuba y Suecia; una amiga estable y algunas aventurillas de vez en cuando con las estudiantes que cantan a coro en las cervecerías”. Cárcel y exilio, alcohol y mujeres, poesía y revolución lo marcaban para el brillo y para la tragedia.

 

* Geovani finamente nos ha permitido poner su trabajo sobre Roque Dalton en nuestra pagina.