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REPORTAJE

Saldos Rojos

Testimonio y veneno en el caso Dalton

Geovani Galeas
geovanigaleas@hotmail.com


La torpeza y el cinismo han intentado en los últimos días desacreditar no sólo el testimonio sino además la persona del ex comandante guerrillero Fermán Cienfuegos. Si treinta años de militancia y jefatura revolucionaria, con todo y el riesgo mortal constante que ello implica, no constituyen un considerable argumento ético en aval de su palabra, mal pueden los pigmeos morales e intelectuales que hoy lo acusan reclamar confianza para la de ellos mismos.

Cienfuegos ha dicho su “verdad íntima sobre el caso Dalton” en su libro Crónica entre los espejos y en una serie de comparecencias en el programa televisivo Universo Crítico. Su testimonio constituye una base sólida para continuar la indagación de aquélla tragedia. Al redimensionar correctamente el contexto institucional en que se desarrollaron los hechos, Cienfuegos le quita el piso a las elucubraciones basadas en las meras simpatías o antipatías personales, origen de las más venenosas aberraciones y mistificaciones interpretativas.

Los que hoy exigen “toda la verdad” sobre aquél desafortunado episodio guerrillero, son los mismos que durante veinte años, habiendo estado muy cerca de los hechos, guardaron un vergonzoso silencio en relación a las noventa puñaladas que en Managua le asestó un comando de las FPL a una venerable anciana erigida en comandante, los mismos que cobardemente se callaron cuando el comandante Mayo Sibrián asesinó a más de trecientos militantes de esa misma organización. En ninguno de esos sucesos medió algún juicio o siquiera un simulacro de juicio.

El juicio

Con una lógica a un tiempo miserable y perversa uno de los detractores de Cienfuegos arguye que si en el caso Dalton hubo un juicio, como afirma el ex comandante, entonces se trató de una acto institucional y no hubo ningún crimen.

Esto es evidentemente un disparate: crimen y acto institucional no tienen por qué ser, necesariamente, términos excluyentes. La represión desatada por el general Martínez en 1932, por ejemplo, no fue menos criminal y aún genocida por haber tenido el carácter de política institucional del Estado. Tampoco los crímenes de Stalin dejan de serlo por el hecho de haber sometido previamente a juicio a sus víctimas.

Pero con esa misma lógica se niega el hecho de que hubo un juicio, y por tanto se acusa de falsario a Cienfuegos y se le niega su papel de defensor en el mismo. Hombre, claro, no se trató de un juicio como los de las películas de Hollywood por supuesto, con togas y pelucas, birretes y martillos, no, sencillamente por la razón de que aquello no era una película.

Se trató de un juicio sumarísimo realizado en condiciones excepcionales de militarización y clandestinidad pero, al menos en un primer momento, acorde al reglamento interno que normaba los procedimientos de una guerrilla en su fase de implantación. El juicio, en síntesis, fue evidentemente amañado pero eso no anula su condición como tal.

 

El debate

Aparte de otros detalles reveladores, de capital importancia para comprender el caso Dalton, más allá de las mistificaciones anecdóticas, Cienfuegos aclara que había en aquel momento, en curso y simultáneamente, tanto un debate político estratégico como un plan insurreccional.

En ese contexto, no es posible seguir alentando la candorosa imagen de un Dalton como venadito perseguido o conejillo asustado al que todos maltratan. Dalton había optado racionalmente por las armas y sus consecuencias de morir, si, pero también de matar.

Y si bien no hay información disponible que fundamente su imagen como la de un comando guerrillero, sí la hay de sobra para imaginarlo al centro del debate, en calidad de ideólogo pertinaz y defensor a ultranza de sus propias concepciones, no precisamente en torno a los procedimientos democráticos, sino a la dirección, la estrategia y la táctica de la lucha armada.

Este es, creo, el punto de mayor relevancia en el testimonio de Cienfuegos. El esclarecimiento completo de la naturaleza y los alcances del debate en cuestión, así como de las posiciones sostenidas por los protagonistas, incluyendo al mismo Dalton, resulta imprescindible para comprender lo que sucedió.

En esa dirección apuntan las elaboraciones de Cienfuegos. Por eso son importantes. En otra dirección, la contraria, van el neneno de los pigmeos que se afanan en mordisquear los talones de los guerreros. Por eso son irrelevantes.